LA RAZÓN DEL GOURMET

   “Mi padre era el silencio y la tierra; mi madre, el verbo y la cocina. Ella pelaba, lavaba, enjuagaba, adornaba, torneaba, mondaba. Asaba, cocía, guisaba. Con el pequeño presupuesto de que disponía, a menudo preparaba tortillas, y en ocasiones, a comienzos de mes, carne y pescado: asados que crepitaban en el fogón, el domingo, pollos de piel crujiente, rodajas de cordero con tocino y queso, pucheros, bacalao a la crema, lengua con salsa picante, jamón al vino de Madeira, tartas de frutas, carlotas de chocolate. Y sopa, cantidades astronómicas de sopas para mi padre, que la tomaba en su desayuno, muy temprano, antes de ir a trabajar. Puerro y papa, sopas de cebolla, cremas de tomate, caldos diversos. Una vez pan, otra fideos, y también tapioca.
Recuerdo el vaho sobre los vidrios de la ventana de la cocina, frío afuera, nieve y olores de la comida en preparación. Puré en el cual yo hacía un pocito para que mi madre deslizara en él una o dos cucharadas de salsa y mi padre dejara caer un poco de chalote crudo que cortaba en su propio plato. La carne era roja, el ajo de la cocción perfumaba la casa, el fuego de la cocina era un brasero en la pequeña pieza; afuera estaba el invierno, adentro algo que, tal vez, se parecía a la felicidad.”

LA RAZÓN DEL GOURMET
– Michel Onfray

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