LA CEGUERA DEL OLFATO

“Una noche lluviosa de 1976, un matemático de treinta y tres años salió a dar un paseo después de la cena. Todo el mundo lo consideraba, más que un gourmet, un fenómeno de feria, porque tenía la habilidad de probar un plato y enumerar todos sus ingredientes con asombrosa precisión. Un escritor lo describió como “un diapasón gustativo”. Cuando salió a la calle, un coche que no iba muy rápido lo atropelló; en su caída, golpeó el pavimento con la cabeza. Al día siguiente, se despertó en el hospital y descubrió con horror que había perdido su sentido del olfato.
Como sus papilas gustativas seguían funcionando, podía detectar si la comida que probaba era salada, amarga, ácida o dulce, pero había perdido todo el sabor de la vida. Siete años después, siempre incapaz de oler, y profundamente deprimido, le puso en pleito al conductor del coche que lo había atropellado, y lo ganó. Se dio por entendido, primero, que su vida se había empobrecido irreparablemente y, segundo, que sin el sentido del olfato su vida estaba en peligro. En esos siete años, había estado a punto de morir al no poder detectar el olor a humo con ocasión de un incendio en el edificio donde vivía; se había intoxicado con comida cuyo estado de putrefacción no pudo oler; no podía percibir los escapes de gas. Lo peor de todo, quizá, era que había perdido la posibilidad de que los aromas y olores le proporcionaran recuerdos y asociaciones conmovedoras. “Me siento vacío, en una especie de limbo”, le dijo a un periodista. No había siquiera un nombre para su pesadilla. Los que no oyen son llamados “sordos”, pero ¿cómo se llama a alguien sin olfato? ¿Qué puede ser más triste que sufrir una carencia sin nombre? Los científicos lo llaman “anosmia”, una simple combinación de griego y latín: “sin”, “olor”. Pero no existe un término cotidiano que, al menos, podría proporcionar un sentimiento de comunidad o de cuasinormalidad.”

UNA HISTORIA NATURAL DE LOS SENTIDOS
– Diane Ackerman

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